¿De dónde salió esta estética que todos reconocen, pero nadie sabe explicar del todo? No tiene nombre claro, no responde a una sola referencia, y aun así logró algo difícil: sentirse real. No como tendencia, sino como un mundo.
Todo empezó lejos de los posts, de los colores, de cualquier decisión visual. Empezó como una inquietud: entender por qué, durante la Feria Tabasco, ciertas personas, momentos y símbolos adquieren un peso social distinto. No es solo tradición, es percepción.
La idea surge desde esa observación, planteada por Ian Acuña: construir algo que no se viera como campaña, sino como sistema. Un entorno donde la gente no estuviera reaccionando al contenido, sino participando en él sin darse cuenta.
Para lograrlo, el proceso creativo se fue hacia referencias que no son obvias a primera vista, pero que comparten la misma lógica. Universos como Palm Royale, donde la alta sociedad no necesita explicarse porque todo ya está entendido entre quienes pertenecen. O las imágenes de Slim Aarons, donde el lujo no se muestra como espectáculo, sino como normalidad: gente conviviendo, riendo, existiendo dentro de espacios que ya dicen todo por ellos.
Lo interesante no fue copiar esa estética, sino desarmarla. Entender qué la hacía funcionar: los códigos invisibles, la calma visual, la sensación de que todo ya tiene historia. Y después, volver a armarla con piezas de Tabasco.
Ahí es donde el proceso se vuelve casi narrativo. Las flores dejan de ser solo representantes y empiezan a pensarse como figuras dentro de un sistema social. Las frases típicas dejan de ser repetición cultural y se convierten en señales. “Es tiempo de flores” ya no suena a anuncio, suena a inicio. “Flores y estrellas” deja de ser solo canción y se vuelve concepto, casi como si siempre hubiera sido el nombre de algo más grande.
De esa reinterpretación nace el “Club de Flores y Estrellas”. No como una invención arbitraria, sino como una conclusión natural del proceso: si ya existen símbolos, dinámicas y jerarquías, entonces solo faltaba nombrar el espacio donde todo eso convive.
Pero el punto clave fue cómo hacerlo creíble. Y ahí es donde cada pieza empezó a construirse como si fuera evidencia, no contenido. Las postales con modismos no son un guiño nostálgico, son fragmentos de archivo. Como si alguien hubiera documentado ese mundo desde hace años.
Luego aparecen los retratos. Imágenes actuales tratadas como piezas antiguas, como si las figuras de hoy ya formaran parte de una línea histórica. No es solo estética vintage, es una forma de decir: esto no empezó hoy.
Y poco a poco, el universo empieza a moverse. Las escenas del club no explican nada, pero lo dicen todo. Gente que parece simplemente estar ahí, compartiendo, caminando, siendo vista. No hay narrativa explícita, pero sí una sensación constante de que algo está pasando y que no todos están dentro.
La música termina de amarrar todo. La reinterpretación de “Flores y Estrellas” no funciona solo como soundtrack, sino como atmósfera. Eleva lo que ya se estaba construyendo visualmente y lo convierte en experiencia.
Lo más interesante es que nada de esto se impuso. La reacción del público fue gradual, casi orgánica. Primero se observa, luego se entiende, y al final se adopta. Las frases empiezan a circular, la estética se replica, el lenguaje se vuelve compartido.
Y entonces pasa algo raro: deja de sentirse como contenido de una revista y empieza a sentirse como algo que ya existía, como una memoria colectiva que simplemente tomó forma.
Ahora, mientras la temporada llega a su cierre, el universo no desaparece de golpe. Se diluye. Las señales se vuelven más sutiles, el “club” menos evidente, como todo lo que alguna vez fue exclusivo.
Tal vez por eso es tan difícil ponerle nombre. Porque no era solo una estética.
Era una forma de ver la feria… y de estar dentro de ella.


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