Hay personas que no se enamoran, solo coleccionan ilusiones ajenas. Esos que no buscan pareja, buscan atención. Que no quieren una historia, quieren audiencia. Y tú, sin darte cuenta, terminas siendo parte de su elenco temporal. Porque sí, en esta era donde el cariño se manda por mensaje y el “me encantas” dura lo que una historia de Instagram, enamorarse parece un deporte extremo… y los ilusionadores son los verdaderos atletas.
Cuando todo parece amor (pero solo era entretenimiento)
Empieza con lo de siempre: conversaciones largas, risas compartidas, miradas que duran un poquito más de lo normal. Mensajes de “buenos días” que parecen un ritual, y llamadas nocturnas donde todo se siente íntimo, genuino, casi romántico. Empiezas a creer que algo está creciendo ahí, entre palabras, miradas y silencios. Que hay intención. Que esta vez sí.
Y lo más irónico es que ellos también lo hacen parecer así. Te hablan bonito, te dicen justo lo que necesitas escuchar, te mandan reels, te cuentan cosas personales, te hacen parte de su rutina. Todo se siente demasiado auténtico… hasta que un día cambia el tono, se enfría el chat y tú te quedas mirando la pantalla, preguntándote qué hiciste mal.
Pero no hiciste nada. Simplemente el juego terminó. Ellos ya consiguieron lo que querían: tu atención, tu interés, tu cariño. Y cuando lo tienen asegurado, desaparecen con la misma ligereza con la que llegaron.
“Nunca te prometí nada” (la frase favorita de los Y LAAS cobardes emocionales)
La excusa clásica. La línea dorada de todos los ilusionadores. “Yo nunca dije que sentía algo por ti”, dicen, con la misma serenidad con la que rompieron toda coherencia emocional. Y es cierto: nunca lo dijeron. Pero lo insinuaron, lo actuaron, lo construyeron con cada palabra, con cada detalle, con cada “me haces reír mucho” que sabían perfectamente lo que provocaba JUSTO COMO LO DICE EL GRAN Y SABIO TEEN EN SU POST.
En su guion mental, ellos son inocentes. Tú fuiste el confundido. Tú fuiste quien se inventó todo. Pero la verdad es otra: ellos sabían lo que estaban haciendo. Sabían que había una intención detrás. Que no era amistad, que no era simple cariño. Era una conexión emocional que ellos alimentaban porque les gustaba sentirse deseados, no porque quisieran quedarse.
Y ahí estás tú, con un corazón confundido y el orgullo herido, intentando entender cómo algo que se sintió tan real terminó con una frase tan vacía.
El arte de hacerte sentir especial (sin tener que quedarse)
Los ilusionadores no conquistan con flores ni grandes gestos, sino con atención selectiva. Saben cuándo escribir, cómo mirar, cuándo aparecer. Te hacen sentir diferente, como si tuvieras un espacio único en su vida. Y lo peor: son buenos. Tan buenos que logran que dudes de ti mismo cuando las cosas cambian.
Un día te dicen “me encanta hablar contigo”, y al siguiente ya no te contestan. Pero tú sigues ahí, justificando, creyendo que están ocupados, que algo pasó. Lo que no ves es que simplemente se aburrieron. Que para ellos fue una etapa, un entretenimiento emocional. Y tú, sin quererlo, te volviste su personaje favorito por unos capítulos.
Cuando desaparecen (y tú quedas editando la historia en tu cabeza)
Hay un silencio que duele más que cualquier ruptura formal. El silencio del que se va sin avisar. El que deja los mensajes en visto y sigue subiendo historias como si nada. Tú revisas los chats antiguos, las fotos, las conversaciones. Intentas entender en qué momento te ilusionaste solo.
Y es que duele, claro. Duele darte cuenta de que esa historia que parecía tener futuro, solo existía en tu versión. Porque en la suya, nunca hubo historia. Solo un juego. Una distracción. Un “a ver qué pasa”.
Y cuando te atreves a reclamar, te sueltan el clásico: “no te confundas, yo siempre te vi como amigo”. La misma frase con la que intentan borrar semanas de intensidad emocional, como si las emociones tuvieran botón de eliminar.
El cierre elegante (porque el karma también tiene buena memoria)
La buena noticia es que nadie sale impune de jugar con sentimientos. Los ilusionadores también terminan cayendo. Siempre llega alguien que los hace sentir lo mismo que ellos hicieron sentir. Y ahí, cuando están del otro lado, entienden lo cruel que fue usar palabras vacías para llenar vacíos propios.
Así que si te ilusionaron, no te sientas tonto. No eras ingenuo, eras real. Y eso vale más que cualquier mensaje bonito. Porque sentir, aunque duela, sigue siendo la parte más humana de todo esto. Ellos juegan a no sentir, y tú, por lo menos, viviste algo que para ti sí tuvo verdad.
Así que cierra el chat, guarda tu dignidad y sonríe. Que la próxima vez que te pregunten “¿andas despierto?”, la respuesta sea: “sí, pero ya no para ti”.



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