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El pasado que no se borra (aunque lo maquillen bonito)


Hay silencios que pesan más que un escándalo, y presencias tan pulidas que parecen editadas en Lightroom. Pero a veces, detrás de esa “perfección”, existen recuerdos que siguen hablando. Con voz bajita, sí, pero directa. Hoy alguien escribe desde ahí. Desde un recuerdo que muchos tienen, pero pocos mencionan.

Hablamos de P., una figura que muchos ubicarán con solo leer esto. Su nombre completo no importa: su reputación la precede. En el COBATAB no fue cualquier estudiante. Era de esas que sabían caminar como si la escuela las amara y esas cosas, todo para ella era muy personal. Todo en ella era medida, equilibrio y cálculo. Nada estaba fuera de lugar. Y no porque fuera natural, sino porque lo había ensayado todo.

Era la chica que no decía mucho, pero que lo decía todo con la mirada. La que sabía a qué ángulo girar la cabeza para que la luz le favoreciera, incluso en el salón más gris. La que se paraba en eventos que no eran para cualquiera, con esa sonrisa congelada de concurso que tanto cansa… pero que todos “amaban”. Esa chica que parecía tener una lista secreta de objetivos, y una ruta clara para alcanzarlos. Y vaya que los alcanzó.


Porque sí: la historia de P. es hoy otra. Ahora su vida está marcada por problemas escondidos, Nuevos “Amigos” que ella jura que son para toda la vida y entornos que gritan "nuevo comienzo". Su perfil en redes es un homenaje a la reinvención, a la estética, al branding emocional que nos vende una historia perfectamente filtrada. Una historia que dice empezar “desde cero”. Pero quienes estuvimos en el público original, sabemos que no fue así.

El COBATAB fue para ella solo una escala. Un lugar al que nunca perteneció del todo. Y eso no está mal. Cada quien tiene derecho a crecer, a salir, a buscar más. Lo curioso es lo que se borra en el camino. Lo que esconde detrás de su “buen gusto” y captions motivacionales. Lo que se pretende olvidar, pero que dejó marca.

Porque P. dejó algo en el COBATAB. Algo pequeño, casi imperceptible, pero que muchas conocen con precisión quirúrgica. Un secreto. No algo catastrófico, pero sí suficiente para saber que detrás de esa imagen pulcra, existieron cosas bastante pesadas. Detalles que no se nombran, pero que existen. Cosas que no aparecen en su nueva “imagen”, pero que sí formaron parte de su historia real.

No enviaron esto por envidia. Ni por drama. Lo enviaron porque a veces hace falta recordarlo: lo brillante no siempre es nuevo. Y los capítulos del pasado no se eliminan con una edición de Instagram. Se maquillan, sí, y algunos muy bien. Pero siguen ahí.

Pudo haberse reinventado, y aplaudo eso. Pero quienes coincidimos con ella en esa versión sin filtros, sin aeropuertos ni filtros rosados, sabemos que hay cosas que simplemente no se olvidan. Porque las vimos. Porque estuvimos ahí.

Y si tú, lector o lectora, también fuiste testigo silencioso de esa etapa, sabes que no todo fue tan limpio. Que a veces los más perfectos también tienen rincones borrosos. Y que por más que uno se mude de país o de estética, hay verdades que te siguen, aunque sea de lejos.

No es un intento por manchar una imagen. Es una forma de decir: aquí también hubo historia. Y no se cuenta sola.

Con cariño (y un poquitito de memoria),
alguien que lo vio todo desde primera fila. (Más detalles próximamente)

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